Tardé en verla porque la anterior de Woody Allen no me convenció ("You will meet a tall dark stranger »). Para mi gusto, carece de ese ingrediente, inesperado, sorprendente, que hace de cada uno de sus productos una pieza de colección.
Pero ayer, finalmente, vi “Medianoche en París” y creo que fue el momento oportuno, porque necesitaba yo también escaparme en el tiempo, con Hemingway o con el mismo Owen Wilson. Necesitaba recordar que hay algo que se llama “creatividad” y que es aplicable no solo al arte sino también a la vida y que está al alcance de todas las manos, aunque no se ofrezca en ningún complejo comercial.
En la peli, Gil, el protagonista, busca en París lo que todos buscamos cuando viajamos, por lo menos por primera vez a esa ciudad: la loca bohemia de principios del XX. Uno generalmente se queda con las ganas, no la encuentra, pero Gil sí la encontró. Cada medianoche, un auto de la época lo pasa a buscar, siempre por la misma esquina, y lo transporta al dorado pasado parisino.
Estuve en París en el invierno europeo del dos mil diez, hacía frío, comenzaba a oscurecer a las cuatro de la tarde, los parques estaban cubiertos de escarcha, yo estaba sola y huí al tercer día de llegar. Espero volver en alguna primavera, con amigos y, convencida del fenómeno de la globalización, disfrutar de los muffins en algun Mc Donald (los lugares de Aznavour son carísimos) y resignarme a que algunas calles de Montmartre se parezcan a las de Once. Solo Woody Allen y la creatividad son capaces de actualizar los tesoros parisinos.
(Y antes de que alguien comience a recordarme los museos y monumentos de París, quiero aclarar que hablo de cuerpos, cuerpos que se desplazan en el espacio, con su propio olor, su aliento, sus pecados, sus risas extravertidas).


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