http://youtu.be/NGiBe7k9V2A
No es la intención de este blog hacer de los hechos políticos su tema central, pero la realidad supera cualquier ficción y no puedo abstraerme, aunque lo intento, de todo este manejo burdo del estado que además, y aunque suene dramático, se me clava en el pecho como una espá.
El jueves pasado Patricia Walsh sostuvo que el premio Rodolfo Walsh a la Comunicación y a los Derechos Humanos que se otorgó ayer a Hebe de Bonafini, es un "acto de provocación en medio del escándalo por el presunto manejo irregular de fondos públicos por parte del ex apoderado de Madres de Plaza de Mayo Sergio Schoklender” y agregó "No me parece darle este premio a Hebe en un momento como éste, en que está transitando por una situación donde tiene que quedar claro cuál es su responsabilidad en relación al dinero que manejaba Sergio Schoklender". Las palabras de Patricia fueron, al menos para mí, un gol de media cancha, pero es evidente que el réferi estaba comprado. Como dijo la hija de Rodolfo Walsh, más que un premio es una provocación, no se puede premiar el mal ejercicio de una función, quienquiera que sea el que la lleve a cabo y sobre todo no se lo puede premiar porque el premio es utilizado como tapadera de un procedimiento irresponsable.
Como soy una ciudadana respetuosa considero que, si bien no me siento representada por el lineamiento partidario del actual ejecutivo nacional, es el gobierno que eligió la mayoría y acato la decisión. Pero no está bien que la presidenta solo gobierne para quienes la eligieron, la siguen, la adulan y, a la vista está, la manipulan. Creo que es hora de que comencemos a madurar como pueblo y exijamos que se escuchen las voces de quienes pensamos diferente y las de nuestros representantes en el Congreso. Y que los que pensamos diferente superemos la autocensura que a veces nos hace resignar nuestras opiniones y nos hagamos escuchar. Corresponde precisamente a nuestra presidenta dar el ejemplo, adoptando un estilo más sobrio tanto en el ejercicio de su mandato como en sus producciones discursivas. Tal vez ese ejemplo cunda para que las instituciones obsecuentes al oficialismo dejen de lado la impunidad que últimamente las caracteriza y comiencen a actuar con honestidad, cumpliendo, aquellas funciones de su competencia, con los procedimientos legales que amerite cada caso, repito, sea quien sea el que esté implicado en el mismo. La credibilidad de los actos de gobierno solo se logra a través de la trasparencia y el saneamiento institucional y sobre todo con la crítica objetiva de esos propios actos.

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