Centro Cultural Recoleta
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Las historias cinematográficas que veinte años atrás estaban prohibidas para menores de no sé cuántos años, como Henry et June (El diario íntimo de Anaïs Nin), hoy son moneda corriente y ya ni siquiera complican el erotismo. Uno puede advertirlas inclusive a las diez de la mañana, en vivo y en directo, en el subte A. Por eso a Maggie Cheung le causa gracia saber que le gusta a una chica. Pero también la turba. Después de todo el tema, por estar legalizado, no deja de inquietar cuando uno es el objeto del deseo homosexual del otro. Esa es una parte del patchwork argumental. En el filme de Assayas inquieta mucho más esa sucesión de imágenes disparadas una detrás de la otra, estampándose en los ojos y en la cabeza del espectador. A veces estudiadas, otras veces ridículas, estallando como un chicle relleno de zumo violeta en una boca abierta
de placer, la mía, o de envidia por no tener esos talentos.
Imágenes, apropiándose del espacio, significando los silencios, distorsionando los significados, sintetizando el acto de creación con rayones imprevistos, porque el director al final juega consigo mismo. Más que una peli es una experiencia sensorial.



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