30/05/2011

Vivir al límite todos los días

Mi destino, como el de todos los seres humanos, estuvo signado por la curiosidad. Me refiero, claro está, a aquella curiosidad que nos lleva a transgredir las normas que cotidianamente se nos imponen. Mi primera gran transgresión la cometí a los doce años, cuando comencé a leer a escondidas un libro que mi madre guardaba lejos de nuestra vista, en el último estante de la biblioteca. El libro era bastante grueso y tenía las tapas forradas en papel blanco; cuando espié lo que había debajo me di cuenta que su función era esconder el dibujo de la portada: una mujer con ropas tan ceñidas que le marcaban los senos. Era una novela, se llamaba El filo de la navaja y su autor era Somerset Maugham, después supe que había nacido en París pero como era hijo de un diplomático británico, escribía en inglés. Caso muy similar al de Cortázar. Según puedo leer ahora en Internet, la novela marcó a una generación de jóvenes idealistas y yo, a la edad de doce años, pretendía ser uno de ellos. Hoy debo confesar que fue el dibujo de la portada y no el contenido, que desconocía, lo que me llevó a leer el libro, cuando lo descubrí en el fondo de la biblioteca. “Entonces” era a fines de los cincuenta.
Yo vislumbraba para mí un futuro bastante previsible, y me había resignado a cumplir con ciertas e indiscutibles prácticas asignadas a mi género: a saber matrimonio y maternidad. Pensaba que seguramente yo iba a reproducir la historia de mi madre, como ella reprodujo la de la suya. También pensaba que como su hermana mayor, mi tía, se había quedado soltera, tal vez a mí me tocara ese destino, ya que era la hermana mayor. La idea de la soltería no me resultaba desagradable, mi tía era la única mujer de la familia que trabajaba “afuera”; tenía un empleo de pocas horas en un ministerio, al cual siempre iba bien vestida y con unos zapatos de taco muy alto. Mi tía, que se llamaba Blanca, vivía con mi abuela que limpiaba la casa y preparaba la comida, así que cuando Blanca llegaba a las tres de la tarde, exhausta, más por los largos viajes en colectivo y por los tacos altos que por la jornada de trabajo, se acostaba a dormir la siesta. Se levantaba a la hora del mate y luego comenzaba a dar vueltas por la casa enorme, la vieja casa chorizo con galería, parral veraniego y postigos entornados, como si siempre tuviera mucho que hacer. Al anochecer repasaba la ropa que usaría al día siguiente y después de cenar junto a mi abuela, se acostaba maquillada y con una redecilla para proteger su peinado por si se quedaba dormida en la mañana. Cuando dormía mi tía parecía una momia. Todos los sábados mi tía Blanca sacaba las sillas al patio y pasaba el plumero minuciosamente por cada una. A la tarde se iba al cine con “las chicas de la oficina” y después, según contaba, tomaban el té en Las Violetas. Comparado con la rutina de mi madre, que como mi abuela y mis tías casadas, limpiaba, lavaba, ordenaba y cocinaba todo el tiempo, además de rezongar, la vida de mi tía Blanca me parecía mucho más aliviada y atractiva, aunque ella, la pobre, no tuviera marido.
Cuando leí la historia de Larry Darrel, escondida detrás del pesado sillón del living, comprendí que había otras posibilidades. Larry Darrel era el protagonista de la novela. En en el cine el personaje había sido interpretado por Tyrone Power; tirone en vez de tairon, pronunciaban mi madre y todas las mujeres de los años cincuenta. La cuestión es que una vida como la de Larry Darrel con el rostro de Tyrone Power se convirtió en la máxima aspiración de mis lujurias de adolescente embrionaria. La suya era una típica historia de posguerras: el Larry en cuestión había regresado a su ciudad después de pelear en la gran guerra y como no encontró lo que había dejado, tal como lo había dejado, y como tampoco él mismo regresó como se había ido, salió a buscar un nuevo sentido para su vida. Es así como comenzó a recorrer el mundo y el submundo y en medio de la enfermedad, de la mística y del dolor Larry se redimió (ya no recuerdo de qué) y redimió también a Isabel, su antigua novia, que lo había engañado mientras él estaba en el campo de batalla, para después, como Estercita, arrastrarse por el fango. El “fango” era el destino que les esperaba a todas las mujeres que se entregaban a un hombre antes del matrimonio o a las que cometían infidelidades. Eso era lo que nos decían a las adolescentes de los años cincuenta y que creíamos a pie juntillas. Por lo visto también lo creía Maugham, si no, no lo hubiera escrito en la novela.
El caso es que yo quería vivir en el límite y aunque en ese entonces no sabía qué significaba exactamente eso que yo quería, sabía que algo como “eso” iba a sucederme. Y todo me sucedió, igual o parecido, porque esta vida que a los niños les parece tan eterna y tan igual deja de serlo apenas uno comienza a hacerse cargo de sí mismo y sus equivocaciones y eso, tarde o temprano, siempre sucede. Creo que hoy Larry Darrel me hubiese parecido un perfecto hipócrita e Isabel una tonta, por no haberse hecho sufragista en el momento oportuno. Más tonta yo, que a los doce años me creí la historia de Larry Darrel.